Diseño y construcción simbólica

Ivette

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Diseño y construcción simbólica

Pedro García-Espinosa Carrasco

El diseño es partícipe de la cultura y la reproducción social ideológica. A través de esta actividad se concibe el mundo material que nos rodea y la comunicación de las ideas políticas, económicas y sociales. Ambas dimensiones —la de los objetos y la de los mensajes cotidianos—, revelan las capacidades creativas de una sociedad y sus habitantes, dejando una clara huella de su nivel de instrucción y cultura. En cualquier entorno, público o privado, institucional o personal se muestran, a través del diseño, los productos y servicios que conforman esa cultura social, así como las ideas con las que dialogan los diferentes actores para el bienestar de una nación.

Deben ser cada vez más frecuentes en nuestros comercios los ejemplos de productos utilitarios con símbolos de la cultura nacional, como Elpidio Valdés, en lugar de Barbie o Mickey. Y si pueden ser producidos en frontera, en

Diseñar es, más que darle forma a un producto o “embellecerlo”, proponer nuevos modos de relación entre el ser humano y las formas materiales que lo rodean; es constituir nuevos referentes simbólicos; es una invitación a interactuar con el amplio repertorio de objetos y conocimientos que configuran el modelo social donde vivimos.

Si nuestro mundo material es pobre en conocimientos y actualización científica, y nuestras ideas no son capaces de exponerse con inteligencia y seducción; si no existe un entorno diseñado que exprese las fortalezas de nuestro modelo social, entonces este tenderá a ser dejado a un lado por los usuarios, clientes, ciudadanos, pueblo o como queramos llamarle.

Una sociedad con una cultura débil es una sociedad vulnerable y propensa a ser blanco, con facilidad, de aquellas altamente consumistas y depredadoras del hombre y su ecosistema.

El diseño en la prosperidad social

De la idea anterior —la necesidad de poseer una cultura material sustentable—, nace y se desarrolla la prosperidad en un modelo social. Un modelo humanista por excelencia, como el cubano, debería:

1- Desterrar el consumismo compulsivo y consumir racionalmente (pues siempre será necesario) el mejor producto que la ciencia y la técnica puedan desarrollar para el ser humano.

2- Tener su propio paradigma Tener su propio paradigma humanista de consumo. Las sociedades consumistas actuales enterraron el paradigma humanista de la modernidad “la forma sigue a la función” y lo canjearon por uno nuevo: “la forma sigue al mercado”. Sin embargo, en una sociedad como la nuestra deberíamos tener, en todos los ámbitos de la vida, nuestro modelo: “la forma y la función siguen (satisfacen) nuestros sueños”, entendiendo “nuestros sueños” como poseer las mejores soluciones para nuestros problemas, utilizando el conocimiento científico-técnico alcanzado en el país y lo mejor que otros hayan inventado ya.

3- Comunicar con elevado rendimiento a nuestra propia gente y al mundo aquellas ideas que impliquen al ciudadano como ente social y profesional, y que estimulen el pensamiento hacia el reconocimiento de los mejores valores del ser humano. Subestimar la efectividad de la comunicación como una forma de interacción y diálogo es incompatible con un modelo social que se sustenta en la participación de todos los actores de la sociedad. Además, deja espacio al posicionamiento de matrices de opinión contra nuestro país.

Una visión de prosperidad que cumpliera con las anteriores premisas, convertiría, mediante la construcción simbólica de sentido, los retos u objetivos de la nación en un goce colectivo, en un incentivo social por participar en el alcance de esos propósitos. Un objetivo económico cualquiera cobra interés en el ciudadano cuando este puede percibir con claridad el impacto que tendrá, no solo a nivel macroeconómico, sino —y sobre todo—, en su economía doméstica. Por tanto, el éxito de la participación social radicará en la capacidad que tenga nuestro modelo de prosperidad de contribuir a la construcción de la vida de la gente, en primer lugar, con el aprovechamiento total de las propias capacidades y competencias de nuestro pueblo.

El diseño en el progreso económico

Si construimos una cultura de consumo espiritual y material humanista, así como una vida individual, familiar y colectiva próspera, construimos también el progreso económico del país.

En la medida en que usemos el conocimiento y la cultura general de nuestro capital humano, estaremos labrando el progreso de un proyecto socialista sustentable, no tecnócrata ni consumista. En la medida en que promovamos las producciones con calidad, “de excelencia”, podremos sustituir importaciones por creaciones nacionales de alto estándar y exportar conocimientos convertidos no solo en servicios, sino también en productos de punta. Ello no solo favorecería nuestras balanzas comerciales, sino que aportaría rédito al “orgullo nacional”, tributaría positivamente al sentido del “hecho en Cuba”.

Las transformaciones económicas que se diseñaron para el país tienen que garantizar la utilización al máximo del saber profesional acumulado, el cual es una de las columnas vertebrales de la Revolución cubana. La mentalidad económica debe estar enfocada hacia una mentalidad desarrolladora y menos reproductora.

Como mismo la ciencia cubana ha convertido el conocimiento en fármacos inestimables para la vida, la industria debería traducir el saber hacer de nuestros diseñadores, ingenieros, comunicadores y tecnólogos en productos inestimables para el bienestar de los cubanos; y, en paralelo, las ideas y mensajes que se crearan deberían ser tan efectivos como una medicina.

Así como el Heberprot P es un orgullo para la ciencia cubana, debemos ser capaces de estimular el desarrollo de productos de diseño industrial y gráfico que sean referentes internacionales por su calidad.

Ni las urgencias, ni la inmediatez en la necesidad de concretar proyectos y atraer inversiones deben atentar contra el aprovechamiento de nuestros profesionales. No puede valorarse por igual el conocimiento desplegado para ensamblar un producto (que es lo que más se estila en los últimos tiempos en nuestros desarrollos industriales, el ensamblaje), que el necesario para idearlo, diseñarlo, producirlo y venderlo con sello cubano, con su subsiguiente cuota de autoestima y beneficio nacional. Siguen siendo minoría los productos y campañas nuestros por los cuales podemos sentir agrado en su concepción y diseño, pero no porque no podamos llevarlas a cabo. Nos vanagloriamos mucho de la calidad de nuestra enseñanza, pero a la hora de valorizar el trabajo de nuestros profesionales, no nos acordamos y sobrestimamos deslumbrados, como generalidad, al que viene de otros lares.

El diseño y el diseñador

No es desatinado afirmar que sin diseño no se podrá hacer realidad el reto lanzado por el Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba, Raúl Castro: “…la edificación de un socialismo próspero y sostenible, menos igualitario y más justo, lo que en definitiva propiciará mayores beneficios a todos los cubanos”.1

Para entender esta afirmación desde la visión del diseño es conveniente observar que esta es una actividad creativa y proyectual, cuyo objetivo es establecer las cualidades multifacéticas de objetos, procesos, servicios y de sus sistemas de mensajes en ciclos de vida completos.

Los focos de actuación del diseño son la industria, el comercio, los servicios y las personas con sus disímiles culturas. Sus campos de actuación están vinculados tanto con el desarrollo de un producto, un servicio, una estrategia de comunicación como con el medioambiente, la identidad organizacional y la creación de marcas.

Por tanto, todo lo que nos rodea, sea un producto, un servicio o un mensaje, es previamente concebido, diseñado, por profesionales, por “diseñadores”.

Es este profesional el encargado de anticipar, utilizando básicamente lo que se ha denominado inteligencia creativa, cómo será un objeto antes de entrar a un proceso productivo industrial, o un mensaje antes de que sea socializado. Por tanto, hacer uso del diseño, como se ha dicho reiteradamente, no es un gasto sino una inversión, toda vez que garantiza la máxima calidad y funcionalidad de un objeto al menor costo, así como el máximo rendimiento del mensaje.

¿Cómo puede compararse el precio de integrar a nuestros procesos esta labor profesional con el costo de producir miles de productos que después no serán comprados, o dejarán un saldo negativo en quienes los adquieran porque “no hay otra opción”? El costo de no hacer las cosas bien, de no contar con el diseño, es político e ideológico, mucho más difícil de recuperar que cualquier otro. Se patentiza en esas voces populares que, de manera despectiva, se conforman ante una vidriera del comercio interior donde se exhiben prendas insufribles (“esto es lo que se produce en este país…”); o en aquellas otras que sobrevaloran un determinado artículo sin ninguna complejidad, pero que vino “de-a-fue-ra”. Las malas prácticas, la falta de voluntad o de conocimientos en la gestión institucional del diseño afecta la imagen de nuestro proyecto social, su credibilidad.

Y en el plano de la construcción de mensajes, qué decir. ¿Cómo podemos responsabilizarnos de prescindir de estos saberes si en función de este supuesto “ahorro” lo que se quiere expresar no siempre es comprendido por las audiencias, provocando un efecto contrario, de rechazo y animadversión, acerca de los temas que se quieren tratar?

La comunicación, como en el caso de la campaña Más que médicos (MINSAP), debe estimular el reconocimiento de nuestros mejores valores y no dar espacio al posicionamiento de matrices falsas y adversas. Foto: Araquém Alcantara.

¿Quién paga por las vallas reproducidas en todo el país que nadie lee o con las que nadie “conecta”? ¿Quién asume el precio de no haber socializado el mensaje necesario?

Un país de escasos recursos como el nuestro, con una gran necesidad de aprovechar al máximo su capital simbólico para sostenerse frente a las constantes agresiones del vecino del Norte, no puede darse el lujo de prescindir del diseño, de sacar de sus industrias productos que no se comercialicen o de utilizar sus medios de comunicación en mensajes que no se entiendan.

Colocar al diseño en la órbita del desarrollo económico y la batalla ideológica, e incluir a los diseñadores en la concepción de nuestro mundo material y simbólico es imprescindible si realmente queremos, además de sustituir importaciones y exportar a grandes mercados, hacer veraz nuestra intención de construir un modelo próspero y enviar un mensaje de satisfacción y orgullo a nuestros coterráneos y al mundo cuando se diga “Hecho en Cuba”.

Notas

1 Discurso del General de Ejército Raúl Castro Ruz en la clausura del Segundo Período Ordinario de Sesiones de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Palacio de Convenciones, 21 de diciembre de 2013.

El texto fue publicado en mayo, 2019 en la Revista La Tiza No. 6

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